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13 ene 2014

FRANCIA Y SUS CASTILLOS

Castillos del LoiraEntre las ciudades de Gien y Angers, el río más largo de Francia traza una suave “ese” rodeada de bosques, viñedos, abadías y más de cincuenta castillos que –en su momento– fueron escenario de gran parte de la historia francesa. Hoy en día, los château del Valle del Loira se han convertido en un destino imprescindible para cualquier turista.
Al fin y al cabo, el turismo nació aquí o, al menos, eso se dice de un grupo de viajeros ingleses que visitaron estos castillos y la ciudad de Tours. Cuando regresaron a Londres y la gente les preguntó qué habían estado haciendo en Francia –aún se conserva cierta animadversión entre las dos orillas del Canal– los caballeros añadieron el sufijo “ismo”, que indica doctrina o movimiento –tan en voga por aquel entonces– al nombre de la ciudad que conocieron y así murió el bucólico concepto de viajero y nació el del masificado turismo.Los castillos del Loira se construyeron en tres regiones históricas –Orleanesado, Turena y Anjou– que fueron habitadas, sucesivamente, por galos, romanos, bárbaros, merovingios y carolingios.
Detalle de la fachada posterior.Castillo Chambord
Detalle de la parte trasera castillo Chambord
En el siglo IV, el Obispo de Tours, san Martín, logró cristianizar este amplio territorio y, por primera vez, consiguió que todo el Valle se uniera frente a los invasores y a las luchas internas de los nobles; pero el enfrentamiento continuo entre las familias condales abocó a los franceses sin remedio a la Guerra de los Cien Años (ss. XIV y XV) que estalló cuando el último de los reyes capetos, Carlos IV, murió sin descendencia y dos pretendientes reclamaron el Trono vacante: Felipe VI de Valois y el rey inglés Eduardo III que alegaba su derecho dinástico como nieto del Conde de Anjou.
Mientras duró la contienda y París quedó relegada a un segundo plano, ocupada por la coalición de ingleses y borgoñones, el joven delfín se trasladó al centro y viajó, itinerante, por las ciudades del valle. Allí, cerca del Loira, se fraguó la lucha por recuperar la unidad nacional con el apoyo de Juan II de Castilla, en la toma de La Rochelle, y la ayuda –o intervención divina, según se mire– de santa Juana de Arco. Cuando la guerra concluyó, Francia logró la reunificación, los ingleses regresaron a Gran Bretaña al perder su último bastión de Calais, París empezó a ejercer su centralismo y, como resultado colateral, desde entonces y hasta bien entrado el siglo XVIII, los grandes señores feudales, altos cargos, ministros, aristocracia y todo aquel que quería ser algo en la Corte de Versalles se construyó un castillo en el Loira o sus afluentes, lo más suntuoso posible, para rivalizar con los demás en pompa y esplendor.
Castillo de Chenonceau
Castillo de Chenonceau
Los romanos fundaron Tours en el siglo I cuando ocuparon esta región de la Galia habitada por los celtas turones. De aquella época no se conserva prácticamente nada porque la ciudad fue destruida por los godos en el siglo III y sólo se recuperó cien años después cuando los santos obispos, como san Martín, cristianizaron Francia desde esta ciudad. Según la tradición, cuando este santo murió en la cercana villa de Candes en el año 397, los fieles de Tours bajaron por el Loira, se llevaron su cuerpo y mientras remontaban el río en barca, los árboles de las orillas volvieron a florecer a pesar de estar en pleno mes de noviembre. Desde entonces, a esos días del año se les conoce como el veranillo de san Martín. Una tradición popular que se extendió por toda Europa.
Cuando finalizó la Guerra de los Cien Años, el poder del monarca abandonó la capital de la Turena para regresar a París; aun así, Tours mantuvo su riqueza gracias a la industria de la seda, el comercio y la artesanía. Algo que se nota en las calles cuando se visita el castillo –en especial, la Torre de Guisa–, la catedral gótica dedicada como era de esperar a san Martín y lugares tan acogedores como las terrazas de la plaza Plumereau.
Al suroeste de Tours, comenzamos nuestro recorrido por los castillos del Loira en Villandry. Reconozco que no es el más espectacular del valle pero merece la pena visitarlo aunque sólo sea por sus jardines. Es un lugar único a la hora de conjugar la concepción italiana de paseos ornamentales, con setos de boj recortados, y la corriente más tradicional que convierte este vergel en un paraíso de plantas aromáticas, flores y huertos. Un auténtico museo verde que incluye canales, un pequeño estanque y un jardín acuático. El castillo –en realidad, un antiguo torreón almenado con un patio irregular en forma de “u”– estuvo a punto de ser derribado en 1906 pero un médico español, el doctor Joaquín Carvallo, lo adquirió para reconstruirlo tal y como se concibió en el siglo XVI.
Azay-le-Ridau
Azay-le-Ridau
A poca distancia se encuentra Azay-le-Rideau. Levantado en apenas nueve años (1518-1527) sobre una isla del río Indre, su reflejo en el agua es una de las imágenes más buscadas por los fotógrafos. Cuando el delfín Carlos –al que tanto ayudó Juana de Arco– llegó a sus puertas en 1418 y los soldados que defendían el castillo lo abuchearon –eran partidarios de sus enemigos, los angloborgoñones– el rey lo sitió, ahorcó a toda la guarnición y quemó el castillo. Lo que hoy contemplamos es la reconstrucción del XVI, un excelente ejemplo del denominado Primer Renacimiento. Curiosamente, la familia Berthelot que lo mandó restaurar, cayó en desgracia tras el desastre de Pavía y nunca llegó a vivir en él ni tan siquiera a terminarlo, de ahí su extraña planta en forma de “ele”. Según el novelista Honoré de Balzac, uno de sus conocidos huéspedes, Azay es un diamante engastado en el río

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