Aunque la capital de Irlanda no tiene el relumbrón de otras ciudades de la Vieja Europa –nada que ver con la monumentalidad de París o el legado histórico de Roma, como es evidente– lo cierto es que tampoco necesita compararse con nadie para conquistar el ánimo del visitante. Dublín le ofrece rincones llenos de encanto y el sabor de un carácter tan cercano al nuestro que le hará sentir en casa; sólo tiene que tomar una pinta de cerveza en un pub para entender cómo disfrutan los irlandeses de la vida.
Nuestro recorrido comienza en la margen izquierda del río Liffey, en lo que antiguamente fue la parte obrera de la ciudad; en la otra orilla, como veremos más adelante, las clases acomodadas levantaron en el XVIII los famosos barrios de estilo georgiano cerca de las catedrales y del Trinity College, sede central de la Universidad. Si lo desea, puede visitar Dublín utilizando el transporte público pero, sinceramente, las distancias son tan cortas que se recorren andando con facilidad. En pocos países encontrará una capital tan asequible como ésta.
Muy cerca de Connolly Station –una de las estaciones de trenes– y de la, digamos, desvencijada pero muy práctica estación de autobuses (Busaras) se encuentra la calle Gardiner, un excelente punto de partida para recorrer Dublín porque está cerca de todo (tiendas del centro, los pub de Temple Bar, estaciones y monumentos) y cuenta con una amplísima oferta de “bed and breakfast” y “hostels”, albergues donde puede alojarse en una litera y desayunar por apenas 20 euros.
Sin la carga de la maleta y con el plano que nos han dado en la recepción salimos hacia O´Connell St., la principal arteria del lado norte de la ciudad. Es una calle muy animada donde los turistas y los Real Dub –así se llaman los habitantes de este lado del río: los verdaderos dublineses– hacen sus compras en los grandes almacenes, mercadillos y pequeños comercios, tipo “badulaque”, que abren hasta la madrugada; un horario muy cómodo para comprar los regalos de última hora o encontrar algo para picar –desde las anglosajonas fish and chips (patatas con pescadito frito) hasta hamburguesas, pitas, kebabs, ensaladas…– o beber una lata de sidra (cider), menos conocida que la famosa cerveza negra pero con un sabor igual de fabuloso.
Muy cerca de Connolly Station –una de las estaciones de trenes– y de la, digamos, desvencijada pero muy práctica estación de autobuses (Busaras) se encuentra la calle Gardiner, un excelente punto de partida para recorrer Dublín porque está cerca de todo (tiendas del centro, los pub de Temple Bar, estaciones y monumentos) y cuenta con una amplísima oferta de “bed and breakfast” y “hostels”, albergues donde puede alojarse en una litera y desayunar por apenas 20 euros.
Sin la carga de la maleta y con el plano que nos han dado en la recepción salimos hacia O´Connell St., la principal arteria del lado norte de la ciudad. Es una calle muy animada donde los turistas y los Real Dub –así se llaman los habitantes de este lado del río: los verdaderos dublineses– hacen sus compras en los grandes almacenes, mercadillos y pequeños comercios, tipo “badulaque”, que abren hasta la madrugada; un horario muy cómodo para comprar los regalos de última hora o encontrar algo para picar –desde las anglosajonas fish and chips (patatas con pescadito frito) hasta hamburguesas, pitas, kebabs, ensaladas…– o beber una lata de sidra (cider), menos conocida que la famosa cerveza negra pero con un sabor igual de fabuloso.
| Los Pub enTemple Bar- Dublin |
En medio de la calle es inevitable encontrar una aguja de acero (The spire) de 120 metros que ostenta el récord de escultura más alta del mundo. Se levantó en 2003 para sustituir a la columna del monumento a Nelson que destruyó una bomba del IRA. Muy cerca de la aguja verá otros dos símbolos de la capital: la escultura de James Joyce –homenaje al autor del “Ulises”; la novela que recrea la vida de los dublineses durante un 16 de junio y que aquí se considera un mito de la literatura en lengua inglesa; así que cuando le pregunten si la ha leído, que lo harán, diga que sí y evitará que lo miren con suspicacia– y la sede central de Correos (General Post Office), un edificio de corte neoclásico donde los independentistas que proclamaron la República en 1916 terminaron enfrentándose a las tropas británicas que ocupaban la isla. La lucha duró varios días y acabó con el edificio en llamas, numerosas víctimas y ejecuciones sumarias en uno de los acontecimientos más dramáticos de la reciente historia de Irlanda. Aunque la imagen de este país se asocia irremediablemente con el terrorismo del IRA, en realidad tanto Irlanda como la propia Dublín son lugares muy seguros y tranquilos; máxime ahora que esta organización ha decidido abandonar las armas. Como en todas partes, sólo hay que guardar algunas medidas de seguridad, las que dicta el sentido común.
Otro de los tópicos locales identifica la isla con los sambenitos de rural, pobre y atrasada, algo que tampoco se corresponde con la realidad; sobre todo desde hace una década cuando se produjo el llamado “milagro irlandés” y la economía de esta isla se situó entre las más florecientes de la Unión Europea. Un buen nivel de vida que notará enseguida, en cuanto pida una pinta de Guinness en cualquier pub o intente cenar en un restaurante. Verá cómo desaparecen los euros con el emblema del arpa.
El final de la calle O´Connell desemboca en un curioso puente que es más ancho que largo. Por aquí se cruza el Liffey hacia uno de los barrios más animados de Europa: Temple Bar. En realidad, se trata de una gran manzana de calles rodeadas por el cauce del río, el puente del medio penique (Ha´penny Bridge) y la espalda del Banco de Irlanda donde el bullicio le hará recordar cualquier pueblo costero del Mediterráneo. Son infinidad de tabernas, bares, pub y garitos donde comer, beber y escuchar la típica música irlandesa. En ese ambiente, no se extrañe si la gente le hace un hueco en su mesa o si le dejan en el respaldo donde se ha sentado un bolso o una chaqueta mientras sus dueños se marchan a pedir a la barra o a bailar; en general, los irlandeses son muy abiertos y bastante confiados. En torno a medianoche, dependiendo del día de la semana, el bar cerrará con la gente puesta en pie entonando el himno nacional. A esas horas y con varias Guinness en el cuerpo, la escena es tan emotiva que, aunque no quieras, se te pondrá la carne de gallina.
Otro de los tópicos locales identifica la isla con los sambenitos de rural, pobre y atrasada, algo que tampoco se corresponde con la realidad; sobre todo desde hace una década cuando se produjo el llamado “milagro irlandés” y la economía de esta isla se situó entre las más florecientes de la Unión Europea. Un buen nivel de vida que notará enseguida, en cuanto pida una pinta de Guinness en cualquier pub o intente cenar en un restaurante. Verá cómo desaparecen los euros con el emblema del arpa.
El final de la calle O´Connell desemboca en un curioso puente que es más ancho que largo. Por aquí se cruza el Liffey hacia uno de los barrios más animados de Europa: Temple Bar. En realidad, se trata de una gran manzana de calles rodeadas por el cauce del río, el puente del medio penique (Ha´penny Bridge) y la espalda del Banco de Irlanda donde el bullicio le hará recordar cualquier pueblo costero del Mediterráneo. Son infinidad de tabernas, bares, pub y garitos donde comer, beber y escuchar la típica música irlandesa. En ese ambiente, no se extrañe si la gente le hace un hueco en su mesa o si le dejan en el respaldo donde se ha sentado un bolso o una chaqueta mientras sus dueños se marchan a pedir a la barra o a bailar; en general, los irlandeses son muy abiertos y bastante confiados. En torno a medianoche, dependiendo del día de la semana, el bar cerrará con la gente puesta en pie entonando el himno nacional. A esas horas y con varias Guinness en el cuerpo, la escena es tan emotiva que, aunque no quieras, se te pondrá la carne de gallina.


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